VIDA-TEATRO-VIDA.

Minutos antes de comenzar, nadie sabe si son 10 o 100 o 1000 en la sala. Desde dentro, todos atisban por una discreta ventanilla de la cortina pesada y sedosa. Al abrirse ésta, se genera una energía volátil, que anima al solitario actor. Éste siente que la sala está abarrotada, percibe el murmullo que llega por el oído y por la piel. Llegó el momento de escenificar un cuento llevado al teatro en 5 cuadros, cuento por demás singular y hasta único, pues en esta representación hay reglas muy curiosas. El público recibe con un aplauso convencional a nuestro personaje, quien luego de un largo silencio, logra dominar el espacio sensorial en la sala: Ante la expectación lograda, invita a los presentes a cerrar los ojos, a tomar de las manos a sus vecinos de butaca, buscando sintonizar  a todos, construyendo una atmósfera común. Advierte a los presentes que deben escuchar humildemente y en total silencio las voces, ruidos, sonidos, música y efectos diseñados, siempre con los ojos cerrados. La iluminación no importa: Les advierte de que ésta es una dinámica de los sentidos, del mundo de las sensaciones que nos permitirá saber si somos capaces de crear desde las entrañas nuestras propias formas y contenidos.

Para Lorenzo y Rubén esta es una novedad que les parece, más que nada, comercialmente atractiva. No importó el alto costo de cada butaca: Con tal de que el experimento resulte interesante. Les gusta el teatro, pero sobre todo, salir a cenar después de la función. Por lo que en esta ocasión, irán a cenar después de esta aventura sabatina.

Se acomodan. A partir de este instante, cada escenario será distinto en la cabeza de cada espectador. Todo en la sala es oscuridad y nuestro actor, igual con los ojos cerrados, inicia la narración del cuento cuyo autor no ha sido revelado. Su voz –única presencia actoral- se escucha lenta y grave, sensual y pausada. La voz va dejando secuelas en el interior en cada uno de los presentes. Cada palabra y cada línea están medidas, acompañadas ya sea por efectos percusivos o música instrumental. Las pausas son necesarias. En cada cabeza comienza la labor creativa: Desde ahora producirán, imaginarán, dibujarán, definirán, propondrán y, finalmente, serán su propio guionista, director, iluminador, tramoyista, actor, apuntador y ¡oh, cruda verdad!, su más duro crítico.

Y lo más complejo, quizá, serán los descarnados relatores de su propia vida y deberán visualizar el mejor final de la obra.

Comienza a ser una experiencia emocionante para los amigos Lorenzo y Rubén.

Una mujer ríe nerviosa y escondida. La callan con un ¡sssshhhh…! proporcionalmente grosero.

PRIMER ACTO.

Respondió con un no, seco, rotundo, recogió de la mesita las llaves del auto y abandonó el recinto en silencio, cuna de pesadillas y ensueños: Sin voltear siquiera, cerró la puerta. Jamás pensó que un momento así llegaría. Salió con el cuerpo aún encendido, envuelto en un oscuro silencio, como todo acto profundo. Nunca más, se dijo, apretando los puños.

(Silencio).

SEGUNDO ACTO.

Ya en la calle, apenas había recorrido unos kilómetros, cuando sintió estar liberado de una carga asida rabiosamente a parte de su cuerpo. Su cabeza comenzaba a ser racional. La vida, antes de la muerte, llega a atormentarnos de tan cruel manera. Confiesa: -Sentir que cargas algo, pero no sabes ni qué es, ni dónde se aloja, ni cómo te infectaron o quién. Es una enfermedad incolora y sin textura. Es una enfermedad gris, plana, que sabes que existe, pero pareciera que no tiene cura. No te deja ver, ni escuchar, ni, menos, pensar. Todo acto se vuelve instintivo, solo para sobrevivir. Comes, duermes, duermes, comes y cagas. No te bañas ni te aseas. Te escondes pensando que nadie te observa, que nadie se preocupa de tu existencia. Huyes por temor, como si fueras venado en una serranía. El abandono, la mugre y los humores del encierro, te hacen abominable y negando a todos, te niegas a ti mismo. Estás plenamente convencido de que a nadie quieres y nadie te quiere y menos, te ama-.

Un poco aturdido, observa sus manos al volante y las encuentra sucias. Entra a una gasolinera y usa el sanitario sintiéndose aliviado al verlo que está limpio. Carga el tanque y paga. Le limpian el polvo acumulado de varios días en los cristales. Es temprano en la mañana. Son las 4 y todo está delicadamente callado. Los movimientos externos son extrañamente suaves en esta ciudad de caos. Siente en su cuerpo una sensación de bienestar y lanza un reconfortante suspiro.

(Silencio).

TERCER ACTO.

Pasaron algunas horas o días, no sabe bien, aún hambriento de mensajes desde fuera, sabía que necesitaba de un acicate mayor para continuar su lucha interior, sobre todo ahora con la libertad que ocupaba su ánimo, ya sin ataduras. El mensaje llegó: Al cruzar por una zona paupérrima de la ciudad, lee en un muro cualquiera, una pinta con spray negro, extrañamente alineada: “Bien podrido, pero resisto”. Detiene el auto abruptamente. Algo detona en su interior. De golpe, se da cuenta de que los monstruos que lo han venido acompañando, deben ser menos brutales comparados con aquellos que acompañan al autor de la pinta. Así, atónito, quedó por un buen rato. A partir de este corto editorial escrito en color negro, con spray, el proceso de cura está llegando. Tímidamente desde el exterior, algunos transeúntes lo observan con curiosidad: Es una auto caro, su personalidad destaca sobre el habitante común. Su perfil no corresponde a la zona. Se da cuenta de dónde está parado y el mensaje del muro comienza a cobrar sentido. La pobreza, la insalubridad, la escasa academia, la escasez generalizada, la promiscuidad manifiesta por la estrechez en cada vivienda, lo magro del salario, definen lo cotidiano. Con la boca reseca, en voz alta dice: -A estos no los miramos, ni ellos nos miran. Se cierran, se unen, se apandillan y se justifican: resisten- Nosotros damos la espalda y volamos a la dimensión del me importa madres-.

(Silencio).

CUARTO ACTO.

Mamá, lectora compulsiva y sabia, nos decía con frecuencia: -Nacemos para morir, no para vivir. Somos finitos. Debemos darnos con dignidad, una vida plena y feliz, preparándonos  para lo inevitable. La verdadera dicha está en saber aguardar, esperar a que nos declaren no vivos, sin vida terrenal-.  Siendo niños, no entendíamos mucho, pero yo no dejaba de reflexionar. Aún sin entender cabalmente, lo que verdaderamente dejó huella en mí, fue aquello en lo que insistía mucho mi madre: –No se dejen seducir por las cosas mundanas, cuídense de las asechanzas ocultas en las acarameladas palabras de los aduladores, aléjense de las perversiones de su propia naturaleza. El sexo es un obsequio, no lo confundan, no se distraigan pensando que es la panacea. Si encuentran algo hermoso, guárdenlo en su corazón (Nunca me aclaró qué es lo hermoso: en mi adultez lo entendí). No lleven pesares a su cama. Aléjense de la calidez de un lecho envenenado. Eviten regurgitar todo lo que les hiere y agrede y sobre todo, no hagan caso de todo lo que aconseje su almohada: Llega a ser mala consejera, pues al final, ésta no sabe nada.

Mi madre murió siendo joven y al mirarla en su nueva y estrecha morada, metálica y envuelta en telas blancas, claramente vi cómo me sonreía y me regalaba una de esas sonrisas tenues que embellecían mi existencia. Mi madre fue un ser humano sabio y generoso. Nunca se enojaba, jamás nos golpeó y el material utilizado eran los consejos salidos de los libros, de su corazón dorado. Nos daba ejemplos de vida, al acudir a los textos de sus maestros para iluminar caminos. Decía: -Mira lo que dice Víctor Hugo-, señalando con su dedo blanco y transparente la línea de un texto: “El futuro significa para los pesimistas más fracasos; para los débiles temor ante lo desconocido y para los valientes oportunidad”. Me llevó de la mano muchas veces a los textos de la poesía, de la novela, de la historia, del mundo de los libros–invento de dioses-. Nunca acepté la invitación. Otras cosas me distrajeron. La banalidad me sedujo y las sabias palabras nunca anidaron ni en mi cabeza, ni en mi alma. No había alternativa entonces: Me dejaría consumir entonces por la vorágine de lo que encuentras afuera.

(Silencio).

QUINTO ACTO Y FINALE.

Las guías que me regalara mi madre, las olvidé y todo me llevó a un desolado puerto. Me olvidé de los textos aleccionadores y me no acordé de los renglones preventivos. Yo mismo expuse mi ser al golpeteo sensacional que llega de afuera. Un día comenzó la carrera de los triunfos pírricos, las alabanzas acarameladas, las caricias compradas, las texturas fabricadas. Crecí con la certeza de que la superficie que me sostenía era de acero, cuando era de plastilina. El espejo se convirtió en mi mejor consejero y reflejaba solo aquello que yo amaba escuchar. En ocasiones aparecían gritos desde dentro: -¡Para!-

Entonces era el momento para buscar salidas, estruendos que me impidieran escuchar voces amigas. Me hice experto en las técnicas de la evasión. Mi juventud comenzó a desgastarse.

Por años, dediqué buenas horas al estudio, escuché música, viajé un poco, afanosamente busqué una relación sana y amorosa. Nada. Poco a poco, como una plaga invisible, los chamucos comenzaron a ser mis compañeros nocturnos. Solo en casa y cada noche, apenas entraba a la cama, aparecían los chamucos. La infelicidad comenzó a aparecer en mi horizonte, ese vacío tallado por la insinceridad, la ausencia de metas y el olvido de aquellos valores necesarios en la actividad cotidiana. Las voces maternas eran ahogadas por la amarga sensación de soledad. Terminé en períodos largos sin trabajo, sin dinero, sin afectos reales. Los miedos pusieron llave a mi alma. Cada día es una pesadilla. Ya no quise acudir al espejo, sabiendo que mentiría –A alguien había que culpar-. Ya no quería salir de casa y cocinar algo, inútil. Los días y las semanas fueron acumulando pesares. Busqué alcohol en la tienda más cercana. -¿Qué le pasa?- preguntó el dependiente. – ¿Le puedo ayudar? Normalmente dejé de contestar este tipo de preguntas, sólo apuraba el paso para entrar de nuevo al lecho cómplice, desordenado y aplastado. Este lecho que a fuerza de verlo, se hizo mi amigo y hasta llegamos a charlar, sin importar la hora. La almohada era testigo, mudo e inútil, pero estuvo presente. Olvidé las lecciones de mamá. ella sólo nos aconsejaba, no decía que debíamos hacer. Cada uno debe saber qué hacer, cómo, cuándo y con quién. Cada uno es dueño de su destino y a veces, corresponsal del destino de los demás.

Los teléfonos suspendidos, perdí contacto con todos y con todo. Perdí peso y gasté dinero, ambos necesarios para sobrevivir. Los monstruos comenzaron a cobrar vida y actuaban apenas ordenaba con un grito ahogado y cortado, aterrado sólo de escucharme: ¡Acción! Ellos obedecían y festejaban todos mis gestos y mis tormentos: Al fin, esa era la misión que los alentaba.

Una nota dejada en la mesa de la cocina por mi hermanita, al convencerse de que no abriría la puerta de la alcoba, decía lacónicamente: “No me dejes sola. No me abandones.”  -Fue un golpe salido de la nada y que me tumbó en la silla más cercana. De la nada, igual, un rayo de luz. Me doy cuenta de mi desnudez y siento vergüenza. Levanto la cabeza encontrando el techo de siempre, blanco y brilloso de la cocina. Cierro los ojos y pienso en mi hermanita. Ya sin mi madre que la consuele, ella piensa en mí como un apoyo. Me busca como aquel compañero que se extravió en una jungla, el guerrillero que después de una emboscada en la montaña, no aparece. No llega. Huelo mal y decido preparar un café soluble y no encuentro un pan que lo acompañe. No importa. Subo a mi cuarto y pienso en bañarme.

“No me abandones” repica el mensaje en su cabeza. Quiere hablar por teléfono con ella, pero el servicio está cortado. Se da cuenta del aislamiento y de la degradación alcanzada y llora y se lamenta por unos instantes. La imagen que le regala el espejo del botiquín, le desagrada y se derrumba de nuevo. Esta etapa sanadora le lleva dos o tres días. Una mañana, después de dormir relativamente en calma, abre los ojos: – ¡Arriba!- Grita animosamente, abre las cortinas, abre la ventana y se asoma a la calle asoleada. Escucha  los ruidos de toda mañana y siente la frescura matinal: Todo este concierto de voces y olores que se hacen presentes todos los días ahí, esperando ser descubiertos.

Ventila la casa, recoge algunas cosas regadas, se viste con lo mejor que encuentra en aquél desorden sobreviviente y enfáticamente, responde a los chamucos con un no, seco, rotundo, recoge de la mesita las llaves del auto y abandona el recinto en silencio, cuna de pesadillas y ensueños: Sin voltear siquiera, cerró la puerta. Jamás pensó que un momento así llegaría. Salió con el cuerpo aún encendido, envuelto en un oscuro silencio, como todo acto profundo. Nunca más, se dijo, apretando los puños.

(Silencio).

Toda voz y efectos salieron de la escena. El silencio se hizo absoluto, así como la oscuridad. El público permaneció obediente con los ojos cerrados. El silencio se hizo más largo y pesado. Algunos comenzaron a abrir los ojos –algunos hasta se habían dormido-. La sala estaba sin luces y en el escenario ya no había ni silla ni actor, ni nada. Encendieron unas lámparas que medio alumbraban la sala. Los espectadores comenzaron a dar vueltas en sus asientos, sorprendidos. – ¿Qué pasó? – Otros con las manos entrecruzadas, quedaban pensativos, exhaustos de la puesta en escena de su obra. Confusos, molestos, atados todavía a las escenas fabricadas, todos con distintas respuestas, comenzaron a abandonar el recinto.

– ¿Te gustó? Pregunta alguien a su compañera.

– No sé. No sé. ¡No sé! Irritada, moviendo sus manos para enfatizar su respuesta.

Rubén y Lorenzo salen en silencio, mirándose el uno al otro, esperando a que algo les permita reaccionar y regresar al mundo del que fueron expulsados por un rato. Así en silencio, llegaron hasta el Café Tacuba, donde platicaron y dedujeron, concluyeron, criticaron y se calmaron finalmente.

Cada uno tomó rumbo a sus casas. Cada uno a su alcoba, refugio de la soledad que los acompaña, bien oculta, disfrazada. Cada cual con sus chamucos, con sus almohadas y sus espejos. Con los recuerdos de casa, con las voces de mamá o papá.

¡Oh Soledad! ¿Por qué me usas?

Emilio Castelazo
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Emilio Castelazo

Nació en Celaya, Gto. En 1939.
Vive en la Ciudad de México. 1940-1966.
Radica en Querétaro desde 1966: 50 años.
Academia: Sociologo, UNAM.
Sector Privado: Industrial.TREMEC.
    -Representante organismos nacional y locales.
Sector Público: Turismo. Gobierno Estatal.
Sector Social:
    -Consejero ciudadano e institucional de Turismo.
    -Consejero Querétero-Lee, A. C.
Columnista narrativo – 2013 a la fecha.
Correo: e_castelazo@hotmail.com
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