Una carta. Una reflexión. (Continúa)

Fernando observa la misteriosa carta y como si fuera una persona viva, se olvida de todo su entorno y se dirige a ella. La pone sobre la mesa, alisa el arrugado sobre y con excitación dice: – Está bien Andrea, yo lo abro por ti, yo soy dueño de tu curiosidad ahora y descubriré el contenido del sobre-.

Es una hoja color amarillo, arrancada de un moderno block de trabajo y propio de profesionales. Éste mostraba los daños al haber estado mojado, pero intacto:

J:

Escribo ahora en mi soledad eterna, esperando que me des aliento y esperanza. Sé que no te intereso y menos, que me amas. Sin embargo, te quiero decir hoy y con emoción, que En días grises como éste, el misterio de la tristeza  deja de serlo, para convertirse en melancolía.

Fernando paró súbitamente la lectura. –Pa’su mecha….¿quién eres? ¿Mujer, hombre?-  Baja de inmediato la mirada al final del escrito, buscando una rúbrica, sólo encontró otra letra: G.

Con mayor curiosidad continuó la lectura y se anima, diciendo –Esto está bueno-.

Perdona mi romanticismo que sé que te choca –pero aun así, me consta que lees lo que te dedico- Quiero compartir contigo un texto que me mostró mi amigo Carlos, el autor, la semana pasada. Son unas líneas de poesía seleccionadas,  y que me movieron el tapete:

 “Yo sé que puedo lograrlo

cuando aquieto mis ideas

observándolas con ternura,

sin censura,

sin amargura

sin pudor

sin culpa

accediendo al Mundo del Misterio

al Tiempo único,

con el sol de mediodía”

 

J, me emocionó tanto que agregué al texto, Con la frente erguida. ¡Y me gustó!

¿Por qué me movió todo? Al leer este fragmento de esta poesía, puedo, con quietud en mis ideas,  analizar nuestra relación, que puede parecer nula, pero eso es en la superficie. Muy en el fondo nos queremos, sí, pero de manera distinta. Tenemos la felicidad como meta, idénticos caminos, pero con caminares y andares distintos –espero que esté bien dicho- Ojalá que me entiendas. Por ahora, me despido con el beso de siempre, esperando el sol del mediodía, con la frente erguida).  G.

El joven curioso, aventó el papel de nuevo, sobre la mesa. Quedó palpitante y pensativo un rato, trayendo a la memoria a su novia –Andrea: ¿Entendiste? ¿Te gustó?-  Guardó con algo de descuido el papel de color amarillo y emprendió con prisa el regreso a su cubículo. Le dedicó mucho tiempo a la carta. Sabe que hay material para platicar en casa.

Pasó el resto del día, atendiendo sus tareas, pero sin quitar el dedo del renglón de la carta. Luego, ya habiendo compartido con todos el contenido de la carta, quedó solo con su hermano Eleazar, posterior a la cena. Fernando rompió el silencio

– ¿Qué te pareció la carta?-

– Me parece extraño que quien escribió eso, use iniciales en vez de nombres completos….

– Yo creo que es una intimidad que desea la incógnita  J, mantiene un secreto – Lo más sabroso del verbo amar, es cuando éste es prohibido, o tortuoso, o neurótico. Llevarlo a la instancia poética, es muy significativo.

Conforme pasaban los minutos platicando, los hermanos profundizan sus pensamientos, cada cuál por su lado, por caminos iguales, pero con andares distintos. Eleazar quedó en silla de ruedas, después de un accidente de auto, cuando tenía 10 años de edad. Hoy, después de 15 años, Eleazar es un joven infeliz que arrastra a la familia en su desgracia. Fernando no es ajeno a este conflicto y trata en lo posible, de evitar a su hermano, temiendo contaminarse emocionalmente.

Pasaron varios días y otras tantas veces, Fernando regresó al texto que tenía una innegable coloración amorosa, aunque bien visto, éste podía aportar ideas que lo ayudaran a resolver su inestable condición de hermano y amigo, con Eleazar.

La poesía leída por Fernando, ayudó más a éste que a J, el enigmático personaje de la carta. Le colaboró para encontrar lo positivo, con el sustento de lo negativo. Lo comentó varias veces con Andrea, hasta el punto que juntos aterrizaron en algo que les trajo tranquilidad y alegría: Acercarse a Eleazar para ser un verdadero hermano, su amigo, un confidente y apoyo moral. Una carta que no llegó a su destino original, cuyo contenido llegó al punto donde era realmente necesaria. Modificó vidas, relaciones y abrió las puertas al material con el que se construye un mejor futuro.

PERDON 1. (Continúa 2ª. parte)

La mujer quedó como estatua sin entrar al cuerpo de la sala. Una vez más, recurre mecánicamente al eterno delantal y se seca las manos. Voltea a ver a su hija y hace una mueca de risa, risa nerviosa. Lalita cruzada de brazos y recargada en uno de los muros, en silencio, adopta la actitud de un juez, observando, listo para emitir  sentencia.

– ¿Cómo han crecido los rosales que planté hace, que, 10 años? Atina a decir él, tratando de suavizar el momento, sin lograrlo. La única respuesta fue un silencio aún más oscuro.

– Los dejo solos, respetando la intimidad de sus padres. Lalita da la media vuelta y sale rumbo a las escaleras.

Leonorilda, apenada por la imagen de su marido. Ella misma siente el pesado bulto que acarrea  aquél, por una avanzada enfermedad espiritual y con tan grave deterioro físico. Todo más allá de lo lógicamente permitido. Esta cruda realidad va doblegando a Leo: le duele ver la máscara de tristeza que por cara lleva su marido. Las manos y pies deformados por una artritis agresiva, sumada a una evidente pobreza financiera. Le duele al enterarse que este día entró a su casa, como un estallido inesperado,  una señora llamada lástima.

Pasaron minutos en silencio los extraños esposos, apenas salió Lalita. Mientras que en ella se revolvían entrañados recuerdos de agravios, igual surgían los corajes callados, una renovada sed de venganza contenida, por las frecuentes afrentas recibidas. En él se revolvían mezclados, un orgullo enterrado, la moral echa un nudo y la esperanza puesta en la boba de siempre, la estúpida de su mujer, como él mismo la había bautizado. Mujer al fin, madre al fin, teniendo fe hasta el final, surgen en Leonorilda destellos y olores cenicientos de un amor que hoy sorpresivamente, se torna en una espacie de amor maternal, aderezado con un poco de aquél amor disfrazado cuando vivieron como pareja. Una más de las versiones del amor entre individuos, versiones que se ocultan en los muros de las casas. Tal pareciera que todo lo salva el amor. Así, sin pretenderlo siquiera, asoma el perdón como la herramienta redentora que permita a Leonorilda, pueda vivir en paz con ella misma. Decide, por lo pronto,  que se quede el hombre en casa. -Después veremos-. Dice complacida.

Han pasado 3 semanas después del reencuentro familiar. Los años y su cuota de daños, forzaron al otrora señor de la casa, a regresar al regazo de su mujer y sus hijos, y que sin emitir una sola palabra, implícitamente,  buscaba protección y cariño, joyas que había dejado regadas en el camino. El tiempo que pone a todos en su lugar, le reclama: -¡Estúpido! Si, tú, ni más ni menos-. Esta verdad demoledora y atroz, sin embargo, no aparece en el escenario de este hombre. El sigue pensando que lo merece todo, ¡Por el simple hecho de existir!

 Después de una semana del arribo del desolado familiar, en un breve concilio doméstico, Leonorilda se reúne con sus hijos Lalita y Javier. Entretanto, en el sillón de la sala, el nuevo huésped duerme cabeza echada al pecho, mareado por la TV. Madre e hijos fuerzan el momento para decidir la suerte del hombre que sin previo aviso, les trae zozobra y temor a su casa. Si, su casa, esa que fuera coto de poder del señor que duerme con la placidez de un bebé,  ahora apoltronado en la sala,.

– Mira mamá-, dice Lalita, -se hará lo que tú digas, sin importar lo que nosotros pensemos o queramos. A un lado y sin chistar, su hermano afirma con un movimiento de cabeza.

– Dejen y lo pienso, no es cualquier cosa. Responde evasiva, como siempre.

– No mamita, no te escondas. Ya conocemos tu decisión, pero queremos escucharla de ti, ahora, no mañana o la semana que entra. Un sí o un no, así de simple. A poco el padrecito al casarte, cuando te pidió un si o  no, le dijiste: – ¡Ay padre, deme un rato para pensarlo, Usté sabe, esto no es cualquier cosa! -. Fue ahí, en ese momento que debiste contestar. Con tu respuesta sellaste tu destino, o no? Igual él, aludiendo con un gesto, a su padre en la sala. Lalita estaba encendida, apasionada, con la contundencia de alguien que no ha perdido el equilibrio y la congruencia, por lo que sus palabras obedecen a un plan inteligente. Sabe que Javier su hermano, la respalda cien por ciento.

Leonorilda nerviosa, refinó la posición de su delantal y fijó su atención en los trastos sucios. Ella había criado a estos niños tan listos y tan claros de pensamiento. Ella, nadie más, era responsable. Volteó a verlos, aunque no de frente, soslayadamente, escondiendo una respuesta. Los chicos respetaron estos movimientos y esperaron calladitos.

PERDÓN 2.

Lalita y Javi tuvieron que esperar unas horas más la respuesta de su madre. Ese mismo día Laonorilda llegó a su cama, cuando sintió que la casa ya no demandaba de su atención. Cerró la puerta de su cuarto y la perturbó una extraña sensación, al saber que su hombre, aquél de antaño por el que llegó a suspirar y convulsionarse al hacer el amor, estaba a unos metros de su espacio íntimo. Se remetía en ella, en este espacio de casi 20 metros cuadrados que había convertido en templo, hoy dedicados al silencio, a cultivar un cuerpo frío, pero sobre todo a venerar su constante soledad. Se sentó en un buró heredado de su madre, color rojo pajizo y gastado por los años. Con frecuencia se sentaba en él, convencida de que su madre estaría ahí con ella, asistiéndola en sus decisiones. Sintió una paz interior que le dio fuerza para enfrentar, otra vez, su realidad.

Tuvo el impulso de tomar un rosario, igual heredado de su abuela materna, pero desechó la idea: –Esta bronca es mía, de nadie más-. Sonriendo se acordó de un dicho que su abuelo repetía mucho: “No chille, ¡agarre piedras!” Así entonces, simuló agarrar piedras. Decide ir a la cama, se cobija y resuella satisfecha. –Así pienso mejor-, mientras acaricia sus piernas, con un tono de confort.

Dentro y fuera de casa, le hicieron pensar que el perdón es un logro difícil de entender y más de lograr. Le decían que el perdón debía suplicarse al ofendido, liberando así al ofensor. Ni el ofendido ni el ofensor alcanzan por este método la paz interior. En el caso de Leonorilda, en todo caso, ella debería sentirse culpable con ella misma por no haber hecho o dicho lo necesario, a enojarse, a mostrar ira  y tener amor propio. Llegó a veces a pensar que ella era la que provocaba el estallido de su marido, justificando los golpes y los insultos. –Debiera sentirme avergonzada conmigo misma, por mi incapacidad de entender o de entenderme a mí misma. Mamá, hoy me arrepiento de haber actuado de la manera en que respondí a las agresiones e insultos. Me arrepiento de haberme olvidado de mí y de mi valor como ser humano. Pasé por alto mi autoestima y lastimé con el silencio a mis hijos, a ti, pensando que la abnegación es virtud. Soy yo la que me debo perdonar para sentirme feliz conmigo misma. Es él, igual, quien debe pasar por este proceso de perdonarse por la horrible de sus actos. Estando en paz en mi alma y en mi corazón, podré realizar actos que quizá, no entienda la gente, pero me siento con la fuerza suficiente para recibir a este hombre, primero por generosidad –no por lástima-, recibirlo y darle los cuidados como ser humano –con defectos o no-. Como un acto de gratitud por haber procreado conmigo, dos niños tan hermosos. Gratitud, palabra que cura y que ennoblece.

Leonorilda tenía una renovada visión de las cosas, como santa Teresa, cuando agradecía a Dios, al permitirle ver sus defectos y sus debilidades. La santa mujer, debía pasar por la ruta del amor por ella misma, preparándose para su Santo Esposo, para los demás. Debió pasar por el perdón de sus pecados para encontrar la gloria-. Recordó que su abuela se despide de ella en el lecho mortal, le entrega el rosario bendecido, diciéndole –No pierdas la fe, se persistente y lucha, lucha por tu felicidad mi niña-.

Con esa determinación y claridad de conceptos, la esposa y madre, se siente lista, para enfrentar a todo y a todos -En estos términos les hablaré-.

Leonorilda amaneció de buen humor y de inmediato quiso hablar con los chicos, antes de que salieran a sus compromisos, temprano en la mañana. La escucharon en silencio y con absoluto respeto durante el desayuno. A ambos les sorprendió la alegría en el rostro de su madre. Sonreía y cuando ellos se despiden de ella, al momento de darle un beso, Javi le regala una caricia en el rostro, con una sonrisa fresca y profunda. Lalita se le plantó enfrente, la tomó de los hombros y le dijo                – Gracias mamá por esta noticia. Gracias por traer un poco de paz a nuestras vidas en casa. Ahora entiendo al sacerdote cuando nos dice, al final de la Misa: “Que la paz sea con ustedes” o cuando nos pide a los feligreses: “Dense la mano en señal de paz”. La besó largamente y salió. La señora ve alejarse a sus hijos por una ventana chica, desde la cocina, sonríe y saca un suspiro largo de su pecho liberado.

Toma el eterno delantal y lo aprieta. – Hablaré con él apenas despierte. Le preguntaré si quiere que le haga su sopa de pasta, de bolitas, que tanto le gusta.

Voltea a ver la colección de violetas que sobreviven cerca de la ventana -Deben estar hambrientas. Debo regarlas-.

Con mi agradecimiento a los Hoteles: Holiday-Inn, Centro Histórico y Misión-Juriquilla, exponentes de una recia tradición hospitalaria en nuestro Estado.

31 octubre 2016.

Emilio Castelazo
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Emilio Castelazo

Nació en Celaya, Gto. En 1939.
Vive en la Ciudad de México. 1940-1966.
Radica en Querétaro desde 1966: 50 años.
Academia: Sociologo, UNAM.
Sector Privado: Industrial.TREMEC.
    -Representante organismos nacional y locales.
Sector Público: Turismo. Gobierno Estatal.
Sector Social:
    -Consejero ciudadano e institucional de Turismo.
    -Consejero Querétero-Lee, A. C.
Columnista narrativo – 2013 a la fecha.
Correo: e_castelazo@hotmail.com
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