“nadie necesita de nadie”: José Vasconcelos.

Lapidaria frase del controvertido estadista mexicano,

(muy a propósito, digo yo, del ya viejo día del Amor y la Amistad).

 

DIMINUTIVOS.

San Blas es un pequeño poblado, un modestísimo pueblo mexicano que debe su marginación –al menos en lo turístico- al hecho de que sus Manglares, expresión sacrosanta de nuestro flora nacional, es hogar intocable del jejen o mosquito: todos los días, con una puntualidad inglesa e incómoda, exactamente a las 17:00 horas, salen millones de éstos diminutos avioncitos, con única la misión de ahuyentar a cualquier cristiano que se atreva a desafiarlos tirado en la arena. Bellas playas –como en toda la costa del Pacífico- donde arriba la legendaria Ola Verde y punto geográfico donde desemboca el Río Santiago, último tramo del Río Lerma (Este río nace en el EdoMex; llega al L. de Chapala, en Jalisco: aquí inicia su ruta el R. Santiago, que remata en un punto conocido como La Boca en Nayarit. Es un sitio de una intensidad que arrebata). San Blas no es un pueblo sin importancia. Al revisar la Historia del lugar, fue escenario de importantes eventos en la época de la conquista de América, hace 300 años: San Junípero Serra, franciscano emprendedor y posterior a su experiencia en la Sierra Gorda queretana, salió de este puerto, rumbo a las Californias, donde fundó 9 Misiones –siendo San Diego la primera- y a las que hay que sumar las 5 de Querétaro. Pero esta es otra historia.

  • ¿Ya te pusiste el protector para la picadura de los mosquitos?
  • Sí, contesta ella, hermosa joven de 23 años que se atrevió a viajar con su novio, a pesar de ir en contra de las reglas de un hogar conservador y tradicionalista. San Blas resulta ser un buen lugar para esconder este tipo de aventuras. Es un sitio apropiado, pues es poco frecuentado por hordas turísticas. Alejado de todo pecado y maldad. Hay aventuras que por su candidez, están envueltas en una equilibrada y sabrosa paz.
  • Me lo pasas para yo ponerme. ¡Quieres que te lo ponga?
  • Sí, en la espalda.
  • ¿Nada más en la espalda? Pregunta maliciosamente el chico.
  • ¡Cálmate! Responde ella halagada.
  • Apenas son las dos y falta mucho para que la plaga salga a chingar gentes….
  • Sí, pero por si las moscas: más vale prevenir que lamentar, contesta ella sabiamente.
  • Yo creo que comeremos de las gorditas famosas de por acá, de las del camarón que se produce en granjas locales. Entiendo que estas granjas domésticas compran las larvas de una empresa china o japonesa, igual, instalada aquí, no me hagas caso, no sé bien.
  • Está bien Chiquito, lo que tú digas. Esta respuesta sobrecoge al novio, al ser pronunciada dulce y femeninamente por la hermosa.
  • ¿Y por qué me dices chiquito?
  • ¿No te gusta, o qué?
  • No me mal entiendas, no sólo me encanta que me lo diga, sino  el tono con que lo dices. ¡Quisiera comerte a besos!
  • Ella voltea a verlo con la dulzura del momento y le dice: No sé. Me encanta utilizarlo contigo, porque es una expresión protectora, amorosa, que aquieta y profundiza en cualquier relación. Nuestra relación. Toma una de sus manos y con sensualidad la recorre con una caricia, pegándola a su cara.

Quedan estáticos a merced del sol que los abraza. Cerrados los ojos, sienten la arena que se meta en las comisuras de sus cuerpos. Cada uno, a su manera, agradecen a la vida el poder gozar su juventud, amándose -aún con trampas-, convencidos de que estar lejos de todos, estando juntos, es saborear una energía voluptuosa y total: Nuevas, riesgosas e innovadoras maneras de sentirse plenos y felices.

  • ¿Te das cuenta de que todo lo lindo, sabroso y bello, tenemos que expresarlo en diminutivo? Chiquito, gordita, mamacita, cosita, lluviecita, calabacita, tardecita….
  • Sí, responde él. Creo que es una herencia cultural de nuestra lengua materna, sonidos que nos vienen desde el mero principio. Un rasgo de lo mexicano, que adora el extranjero: es esa dulzura y compromiso con lo que hacemos o decimos. Es una expresión de amor surgido del alma, de la naturaleza de cada uno, sobre todo de las mujeres, dueñas casi absolutas de todo lo mejor de lo auténticamente mexicano. Sin sentirse aludida y como gallinita protectora, ella ve el reloj y le dice
  • En un ratito nos vamos a comer, en ese restaurancito o fondita que vimos recién de mañanita y que según anuncia en un cartoncito improvisado como cartelito y que dice Menú $35.00…que lo veo baratito. Ambos ríen sabrosamente y se prodigan un besito.

Son casi las 4 de la tarde y recogiendo sus cosas, se preparan para ir a comer. En ese preciso momento, ambos son atacados por un sentimiento de culpa, pero que rápidamente superan cuando se toman de la mano y sienten los cuerpos  cercanos, acompañándose. En casa, ninguno avisó a nadie de sus verdaderos planes. Mintieron a sus familias, dejando un breve mensaje escrito. Ella: “Regreso el lunes, me fui de campamento con las amigas del trabajo. Me reporto. La señal del celular no existe donde voy. Beso”. Él, deja una nota pegada en el refrigerador: “Mamá: me voy con Rubén y la pandilla. No sabemos a dónde vamos. Quizá moriremos en esta aventura. Ya no regresaré nunca, pues la vida contigo es imposible. Me llevo tu jamón que compraste ayer. A la mejor y regreso el lunes-si me da hambre-. No me busques por favor y cuida a mi hermanita”. Ambos hogares quedaron intranquilos, sabiendo que cada uno, a su manera, son chicos buenos y ya son adultos. En ambas casas se escuchó, en boca de las madres, algo así como

  • Cuídate mucho mi Chiquito-a, lanzando una bendición al aire, confiadas ambas, en que llegue el mensaje hasta una de las playas de San Blas, infestadas por mosquitos vespertinos.

COMPARTIR.

Uno de los placeres que hacen al hombre en sociedades realmente felices, es poder compartir con sus semejantes momentos de gran emotividad y otros, aunque no tanto, pero que al final dichos momentos nos permiten conciliar, recordar, transformar y finalmente usar esas expresiones como catarsis liberadora. Tal es el caso de mi nuevo amigo Jaime, quien inspirado en los textos de “El Bazar, Charlas con Emilio”, decide narrarnos un episodio de su vida que resulta de una belleza incomparable. Igual lo comparo contigo, lector, en este juego de la comunicación, como herramienta para una diversión sin límites. Sólo he hecho algunas correcciones al estilo o al lenguaje, detalles entendibles para una persona que se atrevió a escribir.

¿Y tú, eres tan atrevido para atreverte?

EN UN BAZAR.

“Paseando por una de las calles de esta ciudad en que se encuentran una al lado de otra, tiendas que ofrecen muy variadas mercancías, mis amigos Sergio, Emilio y Edgardo y por supuesto yo, habiendo leído varias veces el tímido letrero que se ostenta un una de las accesorias perdido entre otros más coloridos, decidimos entrar y ver el contenido de este negocio: BAZAR.”

“Para iniciar diremos que un Bazar es un lugar en que se reúnen piezas pequeñas, medianas y grandes de objetos que alguna vez representaron un tesoro para quien las adquiriera de nuevas. Por lo general son objetos que representan un valor que va más allá de otros que por su bajo costo no figuran como artículos de interés o colección, de los ávidos buscadores de joyas que rememoran pasados tiempos o son útiles aún para los que deciden buscar algo con menor precio y que remedien sus necesidad retornando a ser un tesoro. Tiene además, el aroma del recuerdo, la añoranza de la evocación, el tejido de historias presas en cada mente, el dulce dolor de lo perdido, la energía del paso del tiempo en el pasado vuelto presente y el numen de los poetas.”

 

“Al principio los cuatro iniciamos juntos el recorrido, haciendo comentarios sobre algunas de las piezas que se muestran, pero imperceptiblemente, sin darnos cuenta, cada uno empezó a abstraerse y a despertar su curiosidad por los pasillos del lugar.”

“Prometo que le preguntaré a cada uno de mis queridos amigos sus impresiones frente a cada objeto admirado, para relatarlo si ellos lo permiten, pero por lo pronto comento con ustedes lo concerniente a mí.”

“El primer objeto que me hizo alejar la mente de quienes me acompañaban, fue una pipa: con la cara de un anciano en la parte frontal del cajete o cazoleta de la pipa. Su nariz aguileña, su bien cuidada barba sobre un mentón sobresaliente, el grisáceo color de sus ojos un poco nublados por la edad que parecía aparentar, su seño en general, de una sobriedad amistosa y cordial me llevaron de inmediato a la cara de mi abuelo, de aquél señor, alto, de cabeza nívea por su blancura, de su cara sonriente y llena de color ya que en lo claro de su piel asomaba el radiante rojo de sus mejillas, y su sonrisa que era un anticipo de la alegría que nos deparaba encontrarle. ¡Qué importante para cada ser humano es poder tener y disfrutar a un abuelo! Alejado ya de la responsabilidad de ser padre, es toda paciencia, amor y entrega para sus nietos.”

“Mentiría si mi evocación solo proviniera de algo un poco parecido a la cara de mi abuelo, ya que quizás con mayor atractivo, fue la pipa la que me permitió hacer el viaje hacia un pasado remoto, a los escasos 10 o 12 años de mi vida. Visitar al abuelo en aquella casa de la Avenida México número 105 del poblado de Rio Blanco en Veracruz, después del emocionante viaje en el Ferrocarril Mexicano admirando los paisajes con sus elevadas montañas y sus hondas cañadas, de escuchar en cada paraje el aullar ronco y estridente de la locomotora de vapor, y de ver pasar rauda la nube proveniente del humo arrojado por la chimenea del caballo de acero, era arribar a un oasis de ternura, de amor, de atención personal hacia mí.”

“La mañana era de paseo, alguna vez para visitar la fábrica de Rio Blanco, otras para caminar por las sencillas pero alegres y floridas calles de ese pedazo de tierra, con tanta historia impregnada en su memoria. Pero las tardes, ¡esas tardes! Después de la suculenta comida, pasar a la salita y verle, apoltronado en su sillón, iniciar la charla en que se divagaba de todos los temas de interés para los adultos, sin olvidar algún tema en que se dirigía a los que teníamos corta edad, tomaba su pipa… ¡esa pipa!, y acariciando el tabaco poco a poco, la retacaba y apretaba con su poderoso dedo pulgar, y con lentitud, encendía el cerillo y lo aplicaba a la cazoleta mientras una y otra vez, chupaba y emitía, bocanadas de un humo delicioso que me retraía a las nubes que pasaban por la ventanilla del tren como provenientes de una pipa gigante. El aroma al tabaco fino, me hacía elevarme internamente al contemplar al unísono esas volutas de humo que se elevaban en giros mágicos hacia una imaginaria cúspide y que adornaban el gesto de satisfacción que el abuelo nos ofrecía. “

“Le recuerdo con cariño, y más al rememorar en lo profundo de la memoria, aquella ocasión en que le conté, (pues no se molestaba por la intervención de los pequeños), que tenía un sueño: en él caminaba por una calle cuyas banquetas estaban cubiertas de piedras cuadradas grandes, de noche, bajo la luz mortecina de los focos elevados, colocados sobre postes de madera cada 25 o treinta metros de las calles de esa ciudad que vive aún en nuestro bagaje de recuerdos.“

“En la negrura que aporta la oscuridad, escuchaba que cercanos a mí sonaban pasos que me seguían, y con el pánico y la angustia que me embargaba, corría desesperado y aquellos pasos también se escuchaban corriendo para alcanzarme; el miedo ya vuelto terror me despertaba y ya no quería volver a dormir.”

“El abuelo me aconsejó con esa sabiduría de sus años y experiencias después de escuchar mi relato: ‘Debes obligarte a pensar cuando lo sueñes, que es solo eso, un sueño, y que tú eres quien decide que hacer. En vez de correr y escapar, vuélvete y encara al que te persigue para saber quién es y que quiere, nada te pasará. Y si huye, ve tras él para que entienda que tú eres más fuerte y no permitirás que te asuste más’.”

“Eso fue mi salvación; después de soñar nuevamente lo que me aterrorizaba nunca más regresó el terror a mí.”

“Volví a la realidad de ese día, y me integré nuevamente a mis queridos amigos que guardaban un gesto de felicidad en sus rostros, sintiéndonos más unidos y acariciando cada uno los recuerdos que se despertaron habiendo saboreado los olores, los colores y las bellas formas de esos objetos arropados en el pequeño espacio que tiene de todo y de nada, solo memorias regadas, enmarcadas en lo etéreo. “         Jaime Salvador Lara y Gallardo.     (Enero de 2017).

 

¿Qué tal querido lector, te gustó? Gracias Jaime.

Emilio Castelazo
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Emilio Castelazo

Nació en Celaya, Gto. En 1939.
Vive en la Ciudad de México. 1940-1966.
Radica en Querétaro desde 1966: 50 años.
Academia: Sociologo, UNAM.
Sector Privado: Industrial.TREMEC.
    -Representante organismos nacional y locales.
Sector Público: Turismo. Gobierno Estatal.
Sector Social:
    -Consejero ciudadano e institucional de Turismo.
    -Consejero Querétero-Lee, A. C.
Columnista narrativo – 2013 a la fecha.
Correo: e_castelazo@hotmail.com
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