• El domingo vamos a ir a ver a su Ampa -abuela de los hijos de Andrea y Fernando-
  • ¿Y vamos a ir hasta Coyoacán a la casa que tiene muchos cuartos, donde hay más abuelos?
  • Si, niño –Ampa resulta ser la abreviatura del nombre de la abuela: Amparo. Al niño se le dificultó desde pequeño, pronunciar su nombre. Simplemente la rebautizó y ahora todos la conocen con ese nombre recortado y generoso, único-.
  • ¿Va a venir mi papá? pregunta Jaimito.
  • Claro, siempre viene con nosotros. Tu abuela Ampa, su mamá, lo quiere mucho y a ella le encanta vernos a todos nosotros junto con él: a tu hermanita Gabriela, a ti y a mí, Andrea, su nuera, todos juntos.
  • ¡Uy, cuántos somos! Aclara Jaimito. ¿Por qué te dicen nuera, así te llamas? Y reían con alegría auténtica. -Yo creo que mi Ampa me quiere más a mí que a nadie. Yo si soy su familia…..decía para sus adentros Jaimito, mientras atisba en silencio por la ventana del auto, fingiendo estar distraído.
  • ¡Ampa! Gritan los niños apenas ven a la abuela, sentada a la sombra de un hermoso árbol, en el jardín de la Residencia “La Divina Infantita”. La abuela, medio dormida, responde al alboroto de los niños y aunque apenas los distingue –por la ceguera senil- sabe que son ellos, reconociendo sus vocecitas y abre los brazos en dirección de donde salen los sonidos, que para ella son bálsamo.

Se abrazan con un calor envidiable para algunos residentes, pues pocas señoras son visitadas por familiares o amigos y menos, por niños que las adoren. En un segundo abrazo, mientras los demás están distraídos, Jaimito aprovecha y se acerca a su abuela, diciéndole al oído: -¿Verdad que tú y yo sí somos familia? Entre la amorosa abuela y el niño, había un lazo invisible y que sólo ellos gozaban: éste surge de la rutina matinal, cuando ambos se levantan muy temprano, dándole la bienvenida a la luz del día, cada mañana. En esos momentos de silencio total en casa, ambos vieja y nene, se disfrutan de una manera única y total. Jaimito la tenía para él sólo, solito, pudiendo  jugar y hablar con ella sin tapujos, sin obstáculo. Mientras, cada mañana, Ampa despertaba con una sola cosa en la mente: tomar su café en la cocina teniendo a un lado a su nieto. Dejaba que éste le agregara los granos de piloncillo al café, que lo meneara, para al final decirle al chico: -¡MMMmmmm, te quedó rico!…..y así cada mañana. Ritual que une, que arraiga y nutre.

  • ¡Claro que somos familia! Le contestaba al oído la abuela al niño, procurando hablar, simulando que nadie se diera cuenta, en secreto.

Sentados en una banca cercana, Andrea y Fernando observan la tierna escena de la abuela y su nieto. Se toman de la mano y se trasladan al espacio de los  recuerdos. Se miran y en una actitud de agradecimiento, sonríen y vuelven la mirada al centro de la abuela y su hijo Jaime. Es entonces cuando se dan cuenta de que Gabrielita está en el regazo de su madre y que, por consecuencia, quedó abandonada por instantes.

  • Ve, corre con la abuela Ampa. Dale un beso. A la niña se le ilumina el rostro y corre a reunirse con su hermano, abrazando a ambos que ya la esperan.

Gab, como cariñosamente le dicen en casa, es un ser humano perfectamente definido: hembra, culturalmente cuidadosa en las formas, recatada y siempre en actitud de servicio. Se encela lo necesario por la cercanía entre Ampa y su hermanito, pero eso pasa a segundo plano, cuando está con ellos. La mano mágica de la abuela lo resuelve todo, con una caricia y un beso aparentemente descuidado en la cara –El amor de las abuelas está diseñado científicamente, para explotar en el espíritu de sus nietos-.

Fernando y su mujer, quedaron solos en la banca del jardín de la Residencia “La Divina Infantita”. Comían las tortas preparadas la noche anterior, diciéndole a los niños que irían a un Día de Campo con Ampa. A Fernando le gustaban hasta el delirio, las tortas de frijoles refritos, negros, con una pizca de crema. Un chile verde crudo para morder, mientras que a su mujer le gustaba comer fruta picadita en un topper. Con sabrosas y pacíficas mordidas sonrientes, pasaba la pareja esta mañana, observando a la madre de Fernando, la abuela departiendo con los niños.

  • Ve nomás como se quieren.
  • Sí Gordito, tenemos que sentirnos contentos por nuestros niños. Darle gracias a Dios por darnos tanto.
  • Mamá es feliz con verlos: les regala tantas cosas y recuerdos. Los viejos, todos los que ahora veo, son como libros abiertos, como diarios que relatan vidas y sufrimiento. También alegrías y éxito. Deberíamos tener terapias con los viejos, para aprender de ellos.
  • Si Gordito. Ve a ese señor tan deteriorado, tan acabado. ¿Te imaginas las historias que guarda? Andrea se incorpora y se acerca al anciano, ante la sorpresa de su marido. De lejos, Ampa y los niños observan el extraño movimiento.
  • Buenos días señor. Me llamo Andrea y ¿Usted? El viejo, encorvado, levanta la carita y observa con extrañeza a la joven. Sólo alcanza a sonreír y darle la mano tallada por los años, de piel suave y teñida.
  • ¡Hola niña! Me llamo Alan. Quedan por segundos sin decir nada, gritándolo todo, tomados de las manos-. ¿Son tus nenes?
  • Si, Alan. Son Gabrielita y Jaimito, de 6 y 10 añitos.
  • Antes de irse, quisiera saludarlos. Darles un beso y si se puede, un consejo. Yo fui niño hace mucho y sé que algo les podrá servir. Comentaron algunas cosas más, pero la magia envolvió el momento. Andrea regresa a su banca, al refrescante lunch y abraza a Fernando. Rompe en llanto y sin quererlo, recuerda a su madre que muriera muy joven y a Benjamín su padre. Se aferra al brazo de Fernando, su Gordito, cuando éste mismo, su mamá y los niños la rescatan.
  • Mamá, ¿Qué te pasa?
  • Nada, qué: ¿No puedo llorar porque estoy contenta? Todos se miran unos a otros, buscando una respuesta con mayor lógica. Terminaron la visita y antes de retirase, fueron donde Alan.
  • Alan, ellos son Jaime y Gabriela. Los niños habían sido advertidos de esta visita al viejo –sean ambles con él, eh?- El hombre los revisa como mercancía a comprar. Los acaricia suavemente en las caritas y le dice
  • ¿Si saben que mamá y papá los quieren mucho, verdad? Jaimito corta y dice – ¡Y a Ampa, también!
  • ¿Y quién es Ampa? Pregunta maliciosamente el anciano
  • Mi abuela Ampa, se apresura a decir Gabriela, volteando ambos niños al grupo familiar, apuntando con los deditos.
  • Pues también Ampa los quiere mucho. Y ustedes, ¿Los quieren a ellos igual? Los niños quedan procesando la pregunta –poco usual, pues ellos sólo conocen del amor regalado-. Jaimito, más maduro, contesta con una actitud de certeza que encanta a Alan. Sabe que estas semillas, germinan maravillosamente en los niños, pequeños receptáculos para los mensajes bellos. Lo que bien se siembra en sus corazones, germinará en su cerebro adulto, para beneficio de todos.
  • Uy, señor, cómo no los vamos a querer, si somos familia.

La respuesta deja satisfechos a todos, pero sobre todo a Alan, quien acaba de regar la semilla conocida como gratitud, dejada en los niños por la Abuela Ampa.

  • Amparito, despídete de todos, ya es tiempo de entrar, dice la nana a la abuela. Obedeciendo, todos se despiden de este libro viviente, abierto de par en par, para ser consultado.
  • Te vemos en 15 días madre.
  • ¿Dos? Sin dejar de abrazar a los niños
  • Luego te platico. Pero son buenas noticias, no te preocupes mamita. Así dejó Fernando a todos. Inquietos y dudando. Ya en el auto, regreso a casa
  • Quiero pasar al supermercado. ¿Podemos llegar a La Comer? Todos iban calladitos, más por cansancio, que por otra cosa. Sólo a Andrea la revoloteaba en la cabeza lo de las noticias de Fer, su Gordito. –Qué noticia podrá ser. Las noticias ni son buenas ni son malas, son sólo noticias-, decía para calmarse ella misma. Rompe Fernando
  • Me transfieren de la oficina y me envían a Querétaro.
  • ¿A Querétaro? Responde ella, en un tono de incredulidad.
  • Si, abren esa plaza. Me gusta la idea.
  • ¿Dónde está Querétaro? Pregunta Jaimito.
  • Llegando te explico con un mapa, pero es una ciudad muy bonita y les va a gustar: a mí me gusta mucho.
  • ¿La abuela Ampa, viene con nosotros? Fernando no se atreve a decir la verdad.
  • Ya veremos, ya veremos.

Con esta decisión, la familia de Fernando y Andrea, tomarían sus vidas rutas bien distintas. En principio, ni mejores ni peores: solo distintas para todos los que viven en la ciudad de México, hoy centro de sus vidas.

SIN DESPERDICIO.

Ella debió partir, alejarse, sin saber si volvería a ver a este hombre socialmente inalcanzable, heredero de una rica familia comerciante, maduro y solitario. Ella, una adolescente con solo 17 años, igualmente solitaria y de familia disfuncional y pobre. La niña nativa –inteligente- y él extranjero –atractivo-. Todo proporcionalmente invertido. Lo único que podía coincidir en ellos era un amor empedernido, profundo y sin sentido, que se fue arraigando en sus cuerpos en aquellas las largas, calurosas  y silenciosas tardes en Saigón, en las que se entregaban libremente. Vespertina y rabiosa entrega, sin desperdicio.

Al partir, ella mira por la ventanilla del autobús. Había llovido. Apenas se podían advertir el paso de personas y vehículos. Sin embargo, borrosamente alcanza a ver en una esquina, casi oculto, el auto negro de su amante, quien observa al autobús que se lleva lo mejor de él, su mejor sentimiento. Se lleva quizá para siempre el mejor tesoro, la piel más exquisita, la sensualidad encapsulada en cada beso -en cada centímetro de los cuerpos en los que quedaron huellas de lo inédito-. Vio, sin chistar, pasar al autobús de color amarillo, sentado en su auto, cigarro en mano, desangrándose por dentro. Los lentes  pequeños y ajustados, sudan gracias al calor del hombre al choque con el frío invernal. Esta larga escena, va acompañada de una pegajosa y larga melancolía. La niña llora a la par que el cielo, lanza un suspiro gris y doloroso: se despide para siempre, del hombre ya pegado a sus entrañas.

Con los años, él apareció con frecuencia en los escritos y relatos de la niña ahora  hecha mujer. En sus textos, ella recordaba, se agitaba trayendo aquellos momentos, reminiscencias vitales, soplos de amor aun con vida –abandonados- en sus muslos y su cuello. (Texto inspirado en la novela de Margerite Duras, llevada a la pantalla: El Amante y dirigida por Jean-Jacques Annaud .-1981-).

 

Emilio Castelazo
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Emilio Castelazo

Nació en Celaya, Gto. En 1939.
Vive en la Ciudad de México. 1940-1966.
Radica en Querétaro desde 1966: 50 años.
Academia: Sociologo, UNAM.
Sector Privado: Industrial.TREMEC.
    -Representante organismos nacional y locales.
Sector Público: Turismo. Gobierno Estatal.
Sector Social:
    -Consejero ciudadano e institucional de Turismo.
    -Consejero Querétero-Lee, A. C.
Columnista narrativo – 2013 a la fecha.
Correo: e_castelazo@hotmail.com
Emilio Castelazo
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